57 Grados y el arte de hacer Rüidø: Rock con cicatrices y verdad
En un mundo donde el rock parece haber olvidado su instinto salvaje, 57 Grados escupe “Rüidø” como quien lanza un adoquín contra un escaparate de mentiras. Sexto álbum de una banda que lleva veinte años rascando la piel del sistema, el nuevo trabajo de los madrileños es un puñetazo emocional, lúcido y certero, tan moderno como brutal, tan sincero como un grito en mitad de la noche. Desde sus inicios en 2004, Míchel Goñi y Txema Valenzuela han construido una trayectoria a contracorriente, pariendo discos como quien deja parte del alma en cada verso. Con la incorporación de Dan, el motor del grupo se afiló y encontró nuevas formas de decir lo mismo de siempre: que la vida duele, pero se canta. Y se ruge.
“Rüidø”, grabado con Javier Correal en los estudios Kasperle, no solo suena a calle, a humo y a asfalto: es una declaración de intenciones. Un álbum que no se maquilla ni pide permiso. Rock sin etiquetas, con melodías que no temen volar y letras que te rompen por dentro si te pillan desprevenido. Hay amor, sí, pero no el de postal: el amor que sobrevive al desastre, que sangra y aún así sigue. Hay vida, pero sin filtros: vivencias convertidas en fuego, en ritmos que golpean y en silencios que dicen más que mil acordes.
“Rüidø” no es un disco. Es una señal. Una prueba de que el rock aún puede ser incómodo, elegante y rabioso. 57 Grados no solo resisten: evolucionan, se reinventan y siguen escupiendo verdades envueltas en distorsión. Y eso, en estos tiempos, es más necesario que nunca.
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